Lloyd-Jones El Hogar

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Lloyd-Jones El Hogar Hijos Sumisos, Padres Incrédulos, Disciplina y la mente moderna, una disciplina equilibrada, criar hijos según la voluntad de Dios. 54 páginas.

Extracto de la obra Lloyd-Jones El Hogar

EL HOGAR
Efesios 6:1-4
por Martyn Lloyd-Jones

HIJOS SUMISOS
Efesios 6:1-4

Aquí llegamos no solamente al comienzo de un nuevo capítulo en la epístola de Pablo a los efesios, sino también a una nueva subdivisión y a un nuevo tema—la relación de hijos y padres. A medida que lo enfocamos es muy importante para nosotros recordar que esto es solamente otra ilustración del gran principio que el apóstol ha establecido en el capítulo previo y que ahora desarrolla en términos de nuestras diversas relaciones humanas.

Este principio está expresado en Ef 5:18 “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu”. Esa es la clave—y todo lo que dice de allí en adelante no es sino una ilustración de cómo la vida cristiana, sea de un hombre o de una mujer, llena del Espíritu, es vivida en sus diferentes aspectos. Otro principio adicional de tipo general quedó expresado en el versículo 21, ‘sometiéndoos unos a otros en el temor de Dios’. En otras palabras, debemos recordar que el apóstol está afirmando que la vida cristiana es una vida totalmente nueva, completamente distinta a la vida ‘natural’ aun en su mejor expresión. Su preocupación principal ha sido trazar un contraste entre esta nueva vida con la antigua vida pagana que estas personas habían vivido antes de su conversión; y es virtualmente la diferencia que hay entre un hombre que está ebrio y un hombre que está lleno del Espíritu de Dios. Les recuerdo esto a fin de acentuar que lo que aquí estamos considerando no es mera ética o moralidad; esta es la práctica de la doctrina cristiana y la verdad cristiana.

Habiendo desarrollado su principio en términos de maridos y esposas, ahora el apóstol procede a hacer lo mismo en términos de las relaciones dentro de la familia, especialmente las relaciones entre padres e hijos, y entre hijos y padres. Todos concordarán en que este es un tema de tremenda importancia en los tiempos que vivimos. Estamos viviendo en un mundo que presencia un alarmante colapso en lo que a la disciplina se refiere. El desorden es desenfrenado, existe un colapso en la disciplina en todas estas unidades fundamentales de la vida—en el matrimonio y en las relaciones hogareñas. Se ha hecho común un espíritu de licencia, y las cosas que en un tiempo se dieron por sentadas, ahora no sólo son cuestionadas y combatidas, sino ridiculizadas y despreciadas. No hay duda alguna de que estamos viviendo en una era que contiene un fermento de mal que obra activamente en toda la sociedad. Podemos proseguir más aun—y estoy diciendo simplemente algo que todos los observadores de la vida reconocen, sean cristianos o no—y afirmar que de muchas maneras estamos encarando un colapso total y un quebrantamiento de lo que es llamado ‘civilización’ y sociedad. Y no hay ningún aspecto de la vida en la cual esto sea más evidente y obvio que en las relaciones entre padres e hijos. Sé que mucho de lo que estamos presenciando probablemente es una reacción hacia algo que fue desafortunadamente demasiado común al final de la era victoriana y en los primeros años del presente siglo. Después tendré más que decir al respecto, pero aquí lo menciono de paso para destacar claramente este problema. Sin duda hay una reacción contra el tipo Victoriano de padre que era severo, legalista y casi cruel. No estoy justificando la situación del presente, pero es importante que la entendamos y tratemos de rastrear su origen. Pero cualquiera sea la causa, no cabe la menor duda que la presente situación es una parte del colapso en este asunto de la disciplina y de la ley y del orden.

En su enseñanza e historia la Biblia nos dice que esto es algo que siempre ocurre en épocas sin religión, en épocas de impiedad. Por ejemplo, tenemos una notable ilustración en lo que el apóstol dice del mundo en Romanos 1:18-32. Allí el apóstol nos da una descripción impresionante del mundo en el momento cuando vino nuestro Señor. Aquello era un estado de absoluto desorden. Y en las diversas manifestaciones de ese desorden que él enumera incluye este preciso asunto que ahora estamos considerando. En primer lugar, dice en versículo 28, “Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen”. Luego continúa la descripción: “Estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia… “. En esta horrible lista el apóstol Pablo incluye la idea de la desobediencia a los padres. Nuevamente, en la segunda epístola a Timoteo, probablemente la última carta que haya escrito el apóstol, lo encontramos diciendo lo siguiente en Ef 3:2: “En los postreros días vendrán tiempos peligrosos”. Luego establece las características de esos tiempos: “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios”.

En ambos casos el apóstol nos recuerda que, en épocas de apostasía, en tiempos de grave impiedad y carencia de religión, en épocas cuando los mismos fundamentos son sacudidos, una de las más impresionantes manifestaciones del desorden es la ‘desobediencia a los padres’. De modo que es de ninguna manera sorprendente que aquí llame la atención a este asunto al darnos ilustraciones de cómo se manifiesta la vida que es ‘llena del Espíritu’ de Dios. ¿Cuándo comprenderán y se darán cuenta las autoridades civiles que existe una conexión indisoluble entre la ausencia de Dios en las gentes y una carencia de moralidad y comportamiento decente? Existe un orden en estos asuntos. “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo” dice el apóstol en Romanos 1:18, “contra toda impiedad e injusticia de los hombres”. Si tiene impiedad, siempre tendrá injusticia. Pero la tragedia es que las autoridades civiles—sin diferencia del partido político que esté en el poder—parecen ser gobernadas todas por la psicología moderna más que por las Escrituras. Todas ellas están convencidas de que pueden tratar directamente con la injusticia, como si fuese cosa independiente. Pero eso es imposible. La injusticia siempre es el resultado de la impiedad; y la única esperanza de volver a tener cierta medida de justicia en la vida consiste en tener un reavivamiento de la santidad. Eso es precisamente lo que el apóstol está diciendo a los efesios y a nosotros. En la historia de este país y de cualquier otro país, los mejores períodos, las épocas de mayor moralidad han sido aquellas que siguieron a los poderosos avivamientos religiosos. Este problema del desorden, y de la falta de disciplina, el problema de los hijos y de la juventud, sencillamente no existía cincuenta años atrás, como existe hoy. ¿Por qué? Porque aún estaba en operación la gran tradición del avivamiento evangélico del siglo dieciocho. Como fue quedando en el pasado, estos terribles problemas morales y sociales vuelven, tal como lo enseña el apóstol y tal como siempre han vuelto a lo largo de los siglos.

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